
Celebra hoy la Iglesia la fiesta de Santiago Apóstol, patrono de nuestro Seminario
Mayor. Es una ocasión propicia para orar por nuestro Seminario, acudiendo a la
intercesión de Santiago, y para reflexionar sobre las vocaciones al ministerio
ordenado en nuestra Iglesia de Facatativá.
Nuestro Seminario Mayor fue fundado hace treinta años por Monseñor Luis Gabriel
Romero Franco y desde aquel entonces ha formado a la mayoría de los presbíteros
de nuestra diócesis. Demos gracias a Dios por todos estos frutos debidos a la
misericordia divina, al trabajo y a la dedicación de todos y, particularmente, de
Monseñor Gabriel, de los sucesivos rectores y formadores y del compromiso de todo
el presbiterio, tanto en la construcción de su sede, como en su sostenimiento y
promoción.
Durante sus treinta años de existencia el Seminario ha afrontado diversas vicisitudes
y dificultades, pero nunca ha dejado de contribuir a la formación de nuestros
sacerdotes y de dejar en ellos una impronta de amor a la Iglesia diocesana y de
entrega generosa al servicio del Pueblo de Dios.
Algunos de los seminaristas de la diócesis se forman actualmente en los claustros del
Seminario Conciliar de Bogotá; otros, según una nueva modalidad formativa
instaurada en nuestra diócesis, en el ambiente de algunas parroquias de la diócesis,
bajo la guía de un equipo de sacerdotes formadores y de los mismos párrocos que
asumen parte vital en la formación de estos seminaristas.
En estos momentos tenemos un número significativo de jóvenes en proceso de
discernimiento, algunos de nuestros seminaristas están en Bogotá, otros en
parroquias de Facatativá y varios serán ordenados dentro de poco. Sin embargo,
todavía son pocos jóvenes si miramos en perspectiva el crecimiento poblacional de
nuestra diócesis. Los territorios que abarca nuestra Iglesia particular cuentan con
ochocientos cincuenta mil habitantes aproximadamente y, muy seguramente, en
unos tres o cinco años habremos sobrepasado el millón de habitantes. Por eso,
tenemos varias parroquias con más de veinte mil habitantes atendidas por un solo
sacerdote. Cada vez hay más colegios, universidades y centros de atención sanitaria
y asistencial que demandan atención pastoral.

Así pues, todos los miembros de la diócesis debemos sentirnos llamados a orar por
las vocaciones al presbiterado, a proponer este ideal de vida y a apoyar a quienes
manifiesten su deseo de ser sacerdotes. Particular responsabilidad nos incumbe en
este campo a los ministros ya ordenados, obispos y presbíteros, e incluso a los
diáconos permanentes. En primer lugar, nos corresponde fomentar las vocaciones
con el testimonio de una vida gozosa y generosamente entregada al servicio del
pueblo de Dios y mediante la cercanía a los jóvenes y al trabajo por la evangelización
de estos. También hay que proponer abiertamente el camino del sacerdocio a
aquellos jóvenes que percibamos con más amor al Señor y a la Iglesia.
La promoción y el apoyo a las vocaciones al ministerio sacerdotal debe situarse en el
cuadro más amplio de la evangelización y de la cultura vocacional. Si nuestra
evangelización no logra que las familias, los niños y los jóvenes se enamoren de
Cristo, muy difícilmente habrá quienes estén dispuestos a vivir exclusivamente
consagrados a Dios y al servicio de los hermanos.
El proceso evangelizador debe contribuir al descubrimiento de la vocación de cada
uno al servicio de la Iglesia y del reinado del amor de Dios en el mundo: la vocación
al matrimonio y a la vida familiar, la vocación a la vida religiosa y la vocación al
ministerio ordenado. Todavía más, es necesario que los procesos vocacionales
específicos se inscriban dentro de la vocación común a la vida y a la existencia
cristiana en el seguimiento de Cristo.
No obstante, no podemos dejar de resaltar el valor único e insustituible de las
vocaciones al ministerio presbiteral. De un lado, los presbíteros desde su condición
de consagrados representan sacramentalmente a Cristo en el misterio de su entrega
esponsal a la Iglesia y desde otra perspectiva, como reza bellamente el prefacio de la
misa de Jesucristo sumo y eterno sacerdote: “Ellos (los presbíteros) renuevan en su
nombre el sacrificio de la redención humana, preparan para tus hijos el banquete
pascual, preceden a tu pueblo santo en el amor, lo alimentan con tu palabra y lo
fortalecen con tus sacramentos”.
Amados feligreses, necesitamos sacerdotes. Oremos al dueño de la mies que envíe
operarios a su mies. Queridas familias apoyen a sus hijos si nace en ellos el deseo de
ser sacerdotes.
Muy queridos presbíteros, agradezcamos el don de nuestra vocación y vivámosla de
tal manera que sea un ideal atrayente para los jóvenes de nuestro tiempo.

Jóvenes de nuestra diócesis, si el Señor llama, si se sienten atraídos por las cosas de
Dios y por el apostolado, si sienten esa misteriosa inquietud y, a la vez, escuchan la
inconfundible voz de Dios que elige para su servicio, no duden en responderle
afirmativamente: “Habla Señor que tu siervo escucha” (1 Samuel 3,10).
¡Qué alegría ser sacerdote de Jesucristo! Los hombres y mujeres del mundo de hoy
necesitan de sacerdotes porque necesitan, como siempre, de Jesucristo. Necesitan
quien les descubra el sentido de la vida, quien los anime en medio de las dificultades
del camino, quien les haga visible a Cristo Cabeza, esposo y pastor de la Iglesia. Su
amor no defrauda, entregarle por entero la vida tampoco.
Santiago apóstol interceda por nosotros y por nuestro Seminario.
+Pedro Manuel Salamanca Mantilla
OBISPO DE FACATATIVÁ